EL RETORNO A LA CÉLULA: RE-PENSAR EL PERÚ DESDE LA INDIANIDAD

RUMBO AL BICENTENARIO
DE LA INDEPENDENCIA “CRIOLLA

II CONVERSATORIO KOLLANA-AYMARA
Lugar: Coliseo Túpac Amaru
Alto de la Alianza - Tacna
Fecha:20, 21 y 22 de junio 2014
Hora: de 9 AM a 6 PM

EL RETORNO A LA CÉLULA:
RE-PENSAR EL PERÚ DESDE LA INDIANIDAD

“Es de necesidad sostener que cuando un país se rige
sometido a sus minorías, ese país carece de alma nacional,
y nada menos admisible que patria sin alma…”
Gamaliel Churata

La promesa incumplida

   En uno de sus ensayos más sugestivos, el historiador y cabal
hombre de ideas republicanas, don Jorge Basadre, se pregunta:
“¿Para qué se fundó la República?” y tras reflexionar sobre el destino
del Perú ofrece una respuesta a manera de conclusión: “Para cumplir la
promesa que en ella se simbolizó”.(1) Esa PROMESA, elemento
psicológico sutil, a decir de Basadre, germina durante el largo proceso
independentista como una brisa que inflama el espíritu de quienes
acometen la vasta empresa de emancipar el suelo americano del
dominio hispano, y se instala en el subconsciente colectivo a la espera
de su cumplimiento. Es la promesa de una “vida próspera, sana, fuerte
y feliz” bajo la recién estrenada República, caro anhelo sintetizado en el
lema impreso en la moneda peruana de 1821: “Firmes y felices por la
unión”. Basadre, quien se planteó esta angustiosa pregunta hace más
de setenta años, concluye por decir, apesadumbrado, que esa promesa
no había sido cumplida del todo. Transcurrida la primera década del
presente siglo y próximos a conmemorar el bicentenario del Perú
republicano, nos preguntamos: ¿Se ha cumplido dicha promesa?
   Acudamos a la calle, preguntemos al azar. Probablemente
constatemos un sesgo optimista en la opinión del poblador medio,
urbano, capitalino, costeño. Distinta será la percepción en las
provincias del interior y en los pueblos más alejados de la sierra y de la
extensa amazonía en los que hierve un resquemor sedimentado en
siglos; no se requiere suma pericia para constatar esta realidad, las
dos últimas contiendas electorales por la presidencia han dejado
evidencia de esta polarización que constituye el drama del Perú, un
país fraccionado por una minoría que ostenta excesiva riqueza en des-
medro de una mayoría que sobrevive como puede. Los conflictos
(2) sociales derivados de la aplicación de agresivas políticas neoliberales
son sólo la punta de un inmenso iceberg, un malestar generalizado con
profundas raíces en el pasado que inevitablemente nos obliga a
reflexionar. Y es que tal promesa pareciera haberse tornado en pesadilla.
Un rápido examen de nuestra historia reciente nos revelará que
el Perú estructurado como Estado-nación, bajo modalidad de
República democrática, es un organismo endeble que marcha a
tientas en continua metástasis por el camino de la inminente agonía.
¿Es un proceso irreversible? Veamos sus causas.

República sin ciudadanos

   La constatación del mal debe llevarnos a rastrear su
sintomatología. Para ello es imprescindible recurrir a la historia –ese
dínamo que moviliza las poleas de la realidad– y ésta nos dice que el
proyecto republicano, impulsado por la casta criollo-mestiza, se
estableció excluyendo del poder la participación indígena, lo que es
peor: negándole ciudadanía plena. Es decir, las mayorías sometidas al
arbitrio de una minoría, en una audaz reconfiguración de las
relaciones de dominación colonial, fenómeno que Javier Lajo
denomina “colonialismo interno”. Desde esa perspectiva la “independencia”
sólo constituye el transvase del poder a manos de los
españoles americanos o criollos. Para una visión crítica de la historia
peruana esto es incuestionable. Las mayorías indígenas continúan
siendo oprimidas, antes bajo la Colonia, ahora bajo la República.
   ¿Cómo entender que en plena era republicana, fundada sobre los
principios de la revolución francesa (libertad, igualdad, fraternidad) y
(3) su Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano ,
coexistan indios tributarios, esclavos negros y siervos chinos,
oprimidos por una minoría criollo-mestiza que se atribuye los dones
de la aristocracia? He ahí la terrible paradoja de la República que haría
exclamar de indignación a González Prada: “Nuestra forma de gobierno
se reduce a una gran mentira porque no merece llamarse República
democrática a un Estado en que 3.8 millones de individuos viven fuera
de la ley. Si en la costa se vislumbra un remedo de República,
en el interior se palpa la violación de todo derecho bajo un sistema feudal”.
(4)Para comprender tal situación debemos remontarnos a la raíz misma
del problema, pues hasta aquí sólo hemos abordado ciertos aspectos
de un fenómeno sumamente complejo que se inicia en 1492; como lo
(5) ha ilustrado Aníbal Quijano , el descubrimiento (y posterior colonización)
de América debe entenderse como el punto de partida del
capitalismo moderno y colonial, hoy expresado en su máxima faceta: la
globalización. La conquista, colonización e imposición europea en el
siglo XV determina un nuevo patrón de poder mundial que tiene como
eje principal la clasificación social sobre la idea de RAZA, vale decir, en
América la dominación colonial se establece bajo la lógica: civilización barbarie,
expresada, a su vez, en la dicotomía: blanco-indio, que
equivale a: colonizador-colonizado. En la América pre-colombina no se
concebía el concepto de raza, por ejemplo en el territorio andino
existían “runas” (en aymara: “hakes”, es decir, gentes) que pertenecían
a diversos grupos étnicos (quechuas, aymaras, cañaris, chancas, etc.)
La conquista les asigna la categoría de INDIOS con el propósito de
homogenizarlos y reducir sus expresiones culturales para imponerles
(a través de la violencia) una estructura social basada en el color de la
piel, medio eficaz de legitimación del nuevo orden colonial. Por tanto, la
violencia de la conquista como hecho político y la instauración de un
orden social racializado, condiciona las diferenciaciones de clase; por
ello, no se puede hablar de lucha de clases sin antes tomar en cuenta el
hecho colonial expresado en ese esquema mental donde el blanco
europeo es el civilizado (el “héroe civilizador” para usar las palabras de
Enrique Dussel) y el indio es el salvaje a quien debe civilizar o en el
mejor de los casos evangelizar (como pedía el padre Las Casas), si no
esclavizarlo o directamente exterminarlo (como propugnaba Juan
(6) Ginés de Sepúlveda) . No obstante, los españoles no buscaron
exterminar al indio, se sirvieron de él, pues a fin de cuentas, el dominador
necesita del dominado para perpetuar su dominio. Pero, el indio
no se sometió con docilidad, ha ofrecido –y aún hoy ofrece– tenaz
resistencia. En la psicología del colonizado anida –por principio de
reacción– un instinto de rebeldía. Prueba de ello son las innumerables
insurrecciones indígenas que llenan las páginas de nuestra historia (la
crítica, claro está), desde Manco Inca hasta los tiempos actuales. Dos
espíritus en continuo conflicto, en tensión étnica, caracterizada en la          
Colonia por la coexistencia de dos repúblicas bajo esquema de castas:
la de españoles (dominadores) y la de indios (dominados).
Planteado el asunto en estos términos, se entiende que la emancipación
y la consecuente instauración de la República no modificaron,
sino apenas en sus formas, estas relaciones sociales de
dominación colonial. “República sin ciudadanos” le llama Flores
(7) Galindo en un imprescindible estudio donde explora las miserias de
la República poniendo en evidencia la presencia, unas veces abierta,
otras –la mayor de las veces– soterrada, del discurso racista como
ideología legitimizadora del nuevo orden colonial.

Racismo y resistencia india en la República

   Vamos a hacer un breve recuento de las atrocidades cometidas por
la República contra el indio, desde los primeros años hasta el presente.
Durante la lucha independentista los criollos contaron con el
valioso auxilio de guerrillas populares conocidas como “montoneras”
que estaban constituidas casi en su totalidad por indios con la participación
de mestizos y negros en menor proporción. Cuando José de San
Martín proclama la independencia el 28 de julio de 1821, previamente
había acordado con las autoridades coloniales de Lima la prohibición
del ingreso de estas montoneras que tenían cercada la capital, de
modo que esa ceremonia se efectuó en una plaza de armas libre de
indios. José de San Martín, como se sabe, fue monarquista, pretendió
instaurar una monarquía europea para el Perú. Tuvo que retirarse
ante el fracaso de su propuesta. Tras la defección de San Martín, entra
en escena Simón Bolívar con su proyecto de República aristocrática.
Vence al ejército realista en Junín y Ayacucho con la decisiva
participación de las guerrillas indias. Ya investido como dictador
procede a desmembrar el gran Perú incaico, crea una República
ficticia en el Alto Perú (Bolivia) luego de anexar el ex Reino de Quito
(parte del Chinchaysuyu) a su proyecto de la Gran Colombia. Así, el
territorio del Tawantinsuyu queda amputado en tres republiquetas.
En 1821 se había decretado la abolición del tributo indígena, pero,
increíblemente, el 11 de agosto de 1826 Bolívar decreta su restablecimiento;      
de esta manera infame la República aristocrática reinstauró la tributación    
colonial contraviniendo la voluntad popular,
el anhelo de los combatientes indios que lucharon por una verdadera
emancipación. Por si esto fuera poco, Bolívar decretó la venta de
tierras a cuenta del Estado por una tercera parte de su tasación,
favoreciendo a los grandes propietarios que se hicieron con extensas
tierras a precios irrisorios; además, decretó la individualización de la
propiedad indígena (venta libre de tierras comunales) en contra de la
naturaleza colectiva de la comunidad, del ayllu. Esto dio lugar a la
desposesión en masa de muchas comunidades indígenas que
terminaron parceladas y vendidas bajo triquiñuelas a desalmados
latifundistas, constituyendo en la práctica vil despojo de las tierras
comunales, germen de esa casta parasitaria que azotó al indio en la
República: el gamonalismo.
   La vieja aristocracia colonial preservó sus privilegios y acrecentó su
riqueza, a los españoles residentes en el Perú se les facilitó la adquisición
de la nacionalidad peruana incluyendo a quienes combatieron
contra el ejército patriota. Muchos oficiales, formados en el ejército
colonial, llegaron a ocupar altos cargos en las fuerzas armadas de la
naciente República. Disolvieron las partidas de montoneras y milicias
populares, apresaron y asesinaron a los jefes de las mismas como
ocurrió con los coroneles indios Ignacio Quispe Ninavilca y Alejandro
Huavique. Quienes lucharon por la independencia fueron desplazados
del proyecto republicano por la casta criolla en contubernio con la vieja
aristocracia colonial. El historiador Virgilio Roel le ha llamado con
(8) certeza: “la independencia traicionada”.
    En el campo económico y financiero, se dio amplia apertura al
capital inglés, ya San Martín había gestionado un primer empréstito,
de manera que pasamos del dominio hispano a depender del
imperialismo británico. A su vez, las rentas de la República, vía
reorganización fiscal, se centralizaron en Lima para sostener a la
aristocracia criolla, provocando la lenta agonía de las provincias. En lo
político el Perú se convirtió en territorio fértil de caudillismos
mezquinos con apetitos de poder, sin ninguna conciencia nacional,
únicamente movidos por intereses de camarilla. Los criollos se
enfrascaron en lucha fratricida por el poder; esos primeros años
anárquicos de la República fueron la expresión máxima de la rapacería
criolla.                                                                                                          
¡He ahí la magna obra de nuestros “libertadores”!
La Confederación Perú-boliviana (1836-1839) fue el único intento
serio de subsanar el infausto error de Bolívar al desmembrar el
territorio incaico y crear republiquetas artificiales. Sin embargo, fue
destruida por Chile que contó con la colaboración de peruanos que la
historia oficial ha consagrado como paradigmas de patriotismo:
Ramón Castilla, Orbegoso, Agustín Gamarra, Salaverry, entre otros.
   En 1854, ante la presión de las masas indígenas, se decreta la
abolición del tributo indígena, no obstante continuaron las contribuciones
obligatorias en favor de las autoridades departamentales así
como los diezmos y primicias que el indio pagaba para sostener la
corrupta iglesia católica. La supresión de la esclavitud negra
decretada por Ramón Castilla no sin antes pagarles “el justo precio que
se debe a los amos de los esclavos y a los patrones de los siervos
libertos”, fue compensada con la importación de “coolíes” chinos
quienes fueron esclavizados sin piedad, obligados a trabajar de sol a
sol en el carguío del guano y sometidos a violentas torturas si osaban
rebelarse. Miles de braceros chinos fueron enviados a trabajar a las
haciendas para reemplazar a los esclavos negros, allí también soportaron
la despiadada crueldad del amo blanco-criollo. Los chinos de las
haciendas pudieron –pese a todo– rebelarse, así lo hicieron en Pativilca
en 1870, siendo salvajemente reprimidos, muchos chinos huyeron a la
sierra donde fueron acogidos por los indios. El “gran” mariscal Castilla
decía de los chinos que huían de la esclavitud de las haciendas para
refugiarse en la serranía que “allí mezclados con nuestros naturales,
pervierten su carácter, degradan nuestra raza e inoculan en el pueblo y
especialmente en la juventud los vicios vergonzosos y repugnantes de
que casi todos están dominados”. (9)
   El abominable tributo indígena fue nuevamente restituido en 1866
por Mariano Ignacio Prado. Ante esta execrable disposición los indios
de Puno se rebelaron (Huancané, Azángaro, Lampa y Chucuito).
Fueron masacrados en masa, siendo sus dirigentes flagelados y
desterrados a la selva, incluso la oligarquía pidió apoyo al ejército
boliviano para aplastar el alzamiento.Un escritor e indigenista llamado
Juan Bustamante, que se había sublevado junto a los indios,fue fusilado.
    Del mismo modo los indios amazónicos fueron masacrados por
expediciones militares que pretendieron “recolonizar” la Amazonía
sometiendo a sangre y fuego a las poblaciones selváticas en una
verdadera guerra de exterminio étnico como lo ha documentado el
(10) historiador Nelson Manrique . Y es que el indio para la republiqueta
criolla era sólo un esclavo, no podía ser un ciudadano. Aquí las palabras
de un criollo en esos años: “y estos indios a quienes llamamos
ciudadanos ¿de qué servirán a la República?”.(11)
   Así, la oligarquía racista criolla, centralizada en Lima, vinculada a
los grandes terratenientes que extendían sus feudos en las provincias,
se enriqueció a costa de la vil explotación del indio, del negro y del
chino, quienes cargaron sobre sus espaldas la opulencia de una
minoría que devino en plutocracia gracias al negocio del guano, el
salitre, la banca y la exportación de productos como el algodón, arroz,
azúcar y lana de las haciendas. Se organizaron a través de un partido
político: el Partido Civil. Esta parasitaria, ociosa y decadente oligarquía,
vivió en la riqueza, en la reverencia más sumisa a Europa y el
desprecio por el indio; se lamentaban por hallarse lejos del centro de la
civilización, con profunda tristeza decían: “¡cómo pudiéramos empujar
a las playas de acá, como quien empuja un carruaje, para estar más
cerca de Europa y poder visitarla más a menudo!” (12). Hablaban de
“mejorar la raza”. Ramón Castilla pedía fomentar la inmigración
europea, pues el Perú requería de “hombres robustos, laboriosos,
morales y cuya noble raza cruzándose con la nuestra, la mejore”. (13)
   Para sintetizar el perfil racista de esta casta oligárquica blancocriolla,
leamos la opinión de un intelectual de la época, encargado de
elaborar los textos escolares de historia, hombre liberal, profesor del
Colegio Guadalupe de Lima y fundador del Colegio Santa Isabel de
Huancayo, don Sebastián Lorente (1813-1884), éste se expresaba así:
“Los indios yacen en la ignorancia, son cobardes, indolentes, incapaces
de reconocer los beneficios, sin entrañas, holgazanes, rateros, sin
respeto por la verdad y sin ningún sentimiento elevado, vegetan en la
miseria y en las preocupaciones, viven en la embriaguez y duermen en
la lascivia… alguno ha dicho: los indios son llamas que hablan,
estúpidas llamas”. (14)
   Esta casta parasitaria y racista, incapaz de forjar un mínimo de conciencia
nacional, fue la que sucumbió militar y moralmente ante Chile en la guerra          
de 1879  El soldado indio fue sacrificado y traicionado por
oficiales y políticos ineptos, ofrendó su vida en las batallas del sur,
resistió heroicamente en Tacna y Arica; mientras la oligarquía se
hundía en una escandalosa debacle política personificada en los
traidores Piérola y Miguel Iglesias. Lima, la tres veces coronada ciudad
de los reyes, ofreció débil resistencia, siendo tomada por los chilenos
quienes fueron recibidos con vítores al grito de “los chilenos antes que
Piérola”. Bastaría con leer el testimonio de González Prada para
enterarnos del descalabro de la República peruana dirigida por una
casta criolla apátrida. Derrotado el Perú criollo en la costa, es en la
sierra donde se yergue el orgullo nacional con la performance de las
guerrillas indias al mando de Cáceres, en sucesivas victorias contra
los chilenos: Pucará, Marcavalle, Concepción, en las profundidades de
la breña andina. Cuando se hacía inminente la toma de Lima por las
guerrillas breñeras, Miguel Iglesias firmó la capitulación a través de
un tratado de paz con cesión territorial y se unió al ejército chileno
para combatir a Cáceres. Hay que ver cómo la situación adquirió
dimensiones de guerra étnica, por un lado el ejército chileno aliado con
los criollos peruanos, y por el otro, las guerrillas de Cáceres,
íntegramente quechuas. Estas guerrillas se desbordaron, procedieron
a expropiar los latifundios. Cuando ya Cáceres asume el poder, le
exigen la abolición del tributo indígena y la devolución de las tierras.
Pero, Cáceres –mestizo al fin– no solamente mantuvo la “contribución
personal” (tributo para los indios desde los 21 hasta los 60 años) para
el sostenimiento de la administración departamental y local, sino que
dispuso ley por la que restableció la propiedad individual de las
comunidades indígenas, como lo había hecho Bolívar. Luego, con
Piérola en el poder, esta ley se aplicó brutalmente para el despojo de
las tierras a favor de los gamonales, además de sobrecargarle otro
impuesto al indio, el llamado “estanco de la sal”. No contento con eso,
Cáceres mandó fusilar a los jefes de guerrillas indias, como al valeroso
Tomás Layme.
   Pero las guerrillas no se disolvieron, persistieron a pesar de la
traición de Cáceres, se multiplicaron por toda la sierra central y sur.
En Ancash, conducidos por Pedro P. Atusparia, junto a su lugarteniente
Uchcu Pedro, radicalizaron su lucha exigiendo la supresión
del tributo. Uchcu Pedro y sus guerrilleros fueron fusilados. “A los indios            
se les hacía cavar sus propias tumbas, y para economizar
municiones, puestos en filas de seis, se hacía la descarga. Muertos y
heridos se les enterraba en las fosas”.
(15)Mientras tanto en Lima, en el colmo del cinismo, la oligarquía
racista y apátrida, le endilgó la culpa al indio por la derrota ante Chile,
acusándolo de no tener conciencia nacional. El criollo tradicionalista
Ricardo Palma, en una carta a Piérola, le dice: “La causa principal del
desastre del 13, radica en que la mayoría del Perú lo conforma una raza
abyecta y degradada. El indio no tiene sentimiento de patria. Es
enemigo natural del blanco y, señor por señor, tanto le da chileno como
turco”. (16) Su hijo, el escritor y periodista Clemente Palma, dirá que es
incapaz de ser civilizado: “La raza india es una rama degenerada y
vieja del tronco étnico del que surgieron todas las razas inferiores. Tiene
todos los caracteres de la decrepitud y la inercia para la vida civilizada.
Sin carácter, dotada de una vida mental casi nula, apática, sin
aspiraciones, es inadaptable a la educación”.(17) Javier Prado Ugarteche
lamentará la “influencia perniciosa que las razas inferiores han
ejercitado en el Perú”. (18) También, el eminente filósofo criollo Alejandro
Deustua, escupió su desprecio por el indio: “En nuestro concepto, la
esclavitud de la conciencia del indio es irremediable. El Perú se
encuentra desgraciadamente colocado en esta situación y debe su
desgracia a esa raza indígena que ha llegado a su disolución psíquica, a
obtener la rigidez biológica de los seres que han cerrado definitivamente
el ciclo de su evolución, que no ha podido transmitir al mestizaje las
virtudes propias de razas en el periodo de progreso”. (19)
   A fines del siglo XIX se abre una nueva veta de riqueza con la
explotación del caucho en la selva peruana, donde fueron expoliados
millares de indios peones bajo la modalidad de “enganche”. En esta
terrible época de fiebre por el caucho, el ensañamiento contra los
indios de la selva fue atroz, los capataces al mando de un patrón
cauchero (el más recordado por su despiadada brutalidad es Fermín
Fitzcarrald) efectuaban cacerías de indios, los esclavizaban, y a las
mujeres y niños los vendían como mercancía a los fundos caucheros.
Si bien hacia 1910 decayó la fiebre del caucho, el recuerdo de esa
aciaga época quedó en la memoria del indio amazónico, sedimentado
en rabia.
   Al iniciar el siglo XX continúa la resistencia india. La oligarquía crio-                    
lla se renueva, asumen el poder nuevos ricos. Llegan grandes capitales
provenientes de EEUU a explotar en minería, petróleo y a establecer
las primeras fábricas bajo los auspicios de una oligarquía convertida
en sirviente del imperialismo yanqui, como antes lo fuera del británico.
En la zona sur se agudiza la convulsión social, las tierras que poseen
los terratenientes son verdaderos feudos donde subsisten comunidades
enteras bajo el azote del gamonal. En los primeros treinta años
del siglo XX se produce gran cantidad de rebeliones indígenas,
especialmente en el lapso 1919-1930, durante la dictadura de Leguía.
Los alzamientos se focalizan, en gran porcentaje, en la sierra sur del
Perú; Cusco y Puno encabezan la resistencia. El reclamo principal es
contra el gamonalismo, por la tierra y la abolición de la pesada carga
tributaria. Hay que destacar el levantamiento del mayor Teodomiro
Gutiérrez “Rumi Maki”, en Puno, 1915. Tras asaltar algunas haciendas,
es derrotado por las fuerzas combinadas del ejército y bandas
armadas de latifundistas logrando escapar hacia Arequipa donde es
capturado y encarcelado pero consigue huir nuevamente con dirección
a Bolivia. Ahí se pierden los rastros de este revolucionario que se
autoproclamó “General y supremo director de los pueblos y ejércitos
indígenas del estado federal del Tahuantinsuyo”. Se tiene constancia
de un programa elaborado por Rumi Maki donde se insinúa una idea
federalista con la unión de Perú y Bolivia. Otro levantamiento
importante es el producido en la comunidad de Wancho, al norte de
Puno, en 1923. En dicha comunidad los aymaras, comandados por
Carlos Condorena, establecen la flamante “República Aymara del
Tawantinsuyu”, con su capital Wancho, la ciudad de las nieves.
Buscaban edificar una nueva sociedad. Carlos Condorena había
proclamado: “Sólo nosotros tenemos derecho a vivir en las tierras de
nuestros antepasados, aprovechar de los frutos de nuestro altiplano y
los mistis no tienen derecho a seguir robando y explotando nuestro
trabajo. Botarles de nuestra tierras es nuestra tarea, debemos
organizar un ejército con todos nosotros y reconquistar nuestras tierras,
matar a los principales y a las autoridades y volver a implantar nuestra
antigua forma de vivir inca”. (20) Los gamonales les declaran la guerra;
apertrechados con fusiles viejos los aymaras marchan sobre el pueblo
de Huancané, capturan haciendas, ejecutan “mistis”, pero una
inesperada lluvia les impide tomar el pueblo; el ejército llega en auxilio              
de los mistis y procede a masacrar a los indios aymaras cuyos cuerpos
fueron arrojados al río y sus ayllus saqueados e incendiados, los pocos
sobrevivientes tuvieron que huir. Fue una matanza brutal. Este
levantamiento es silenciado por la historiografía oficial. Como ya se ha
dicho, en esos años se incrementan los alzamientos, en parte
motivados por las acciones del Comité Pro-Derecho Indígena
Tahuantinsuyo, una organización que tendió redes en todo el Perú,
agrupando a líderes quechuas y aymaras, los mismos que hacían de
mensajeros llevando los reclamos de los pueblos indígenas a la capital,
muchos de ellos ofrendaron sus vidas: Ezequiel Urviola, Mariano Pako,
Carlos Condorena, Miguel Quispe, entre otros mártires. También se
debe relievar la labor de intelectuales que se entregaron a la causa
india en esos años: Francisco Chukiwanka Ayulo, Dora Mayer, Pedro
Zulen, Abraham Cervantes, José Antonio Encinas, Hipólito Salazar,
Manuel A. Quiroga, entre los principales, quienes articularon esta
organización, la misma que fue perseguida y finalmente disuelta por
Leguía.
   En los años sesenta del siglo pasado, los comuneros del Cusco,
cansados de mecidas, pasan a la acción directa, ejecutan la reforma
agraria con la ocupación de haciendas y recuperación de tierras.
Organizados en sindicatos, cuya cabeza visible fue Hugo Blanco,
inician en la localidad de La Concepción una escalada de acciones bajo
el grito de “Tierra o muerte”, pronto se reproducen estas “invasiones”
en toda la sierra peruana, el gobierno no pudo hacer mucho, los
gamonales habían perdido su antiguo poder. Para cuando el general
Velasco decreta oficialmente la reforma agraria en 1969, ésta ya se
había extendido por obra del indio peruano, ahora llamado
afectivamente “campesino”. La mala planificación de la reforma
agraria, la excesiva burocracia estatal, la crisis económica y el
terrorismo, entre otros factores, desencadenaron la masiva migración
andina hacia las urbes, durante los años 70 y 80. El indio tuvo que
enfrentarse esta vez ante la agresión del terrorismo senderista como
también al terrorismo de Estado en la infausta guerra interna que
sacudió al Perú. Decenas de comunidades de la sierra central fueron
arrasadas, miles de comuneros masacrados, se hizo patente la vieja
práctica de exterminar indios, ora en nombre de la revolución, ora en
nombre de la democracia. El despoblamiento de las comunidades              
viabilizó la entronización de las empresas transnacionales (principalmente
mineras) durante la dictadura fujimorista, las que vienen
saqueando los recursos naturales contaminando flora y fauna,
apropiándose de aguas y tierras, si el indio reclama, tienen a las
fuerzas militares y policiales del Estado que les sirven como perros
guardianes. Hoy se sigue matando indios, en Bagua, en Puno, en
Arequipa, como en los tiempos de la Colonia, como en el siglo XIX,
como en el siglo pasado. Pero, el indio resiste, gana terreno y se
dispone a lanzar el zarpazo final.

Carácter del Estado Colonial

   Un Estado republicano como el Perú, constituido a imagen y
semejanza de las repúblicas europeas es –por la misma razón– una
construcción colonial, cuya naturaleza se contrapone a las
aspiraciones de las poblaciones indígenas en tanto naciones colonizadas.
En otras palabras, el Estado-nación tiene encapsuladas a las
naciones indígenas bajo un falso concepto de igualdad, pues asume
que todos somos iguales (según el concepto liberal), es decir
“ciudadanos” y para ello se parapeta en la falacia del mestizaje
armónico y equilibrado como algo dado. Sin embargo, no existe la
nación peruana, porque para ser peruana debe ser mestiza, y ésta
debe corresponderse con el Estado. Esta es una abstracción
hábilmente incrustada en el imaginario popular para anular las
diferencias existentes incluso desde antes de la conquista. Es un ardid
fabulado por la casta mestizo-criolla para legitimarse como Estadonación
y calzar con el modelo europeo. El Estado como un ente que
encarna una nación aparentemente homogénea, invisibiliza y anula la
diversidad étnica. Bajo esta presunción se pretende “asimilar” al indio,
anular su identidad, e incorporarlo a la nacionalidad, es decir, a la
(21) peruanidad ; y si el indio se resiste a asimilarse a esta “comunidad
imaginada” (concepto acuñado por Benedict Anderson), entonces se le
(22) excluye y de ser necesario se le extermina.
   Ahora bien, el Tawantinsuyu es la antítesis de esta falacia
republicana. Bajo el régimen incaico convivieron diversidad de pueblos
centralizados al Cusco –dínamo gestor de unidad política, social y    
económica–. Un estado eficiente que garantiza la unidad dentro de la
diversidad, que tiene equilibrado su peso demográfico gracias a la
sabia política del mitmak, que no conoce el hambre merced a una
economía agraria, eso fue el Tawantisuyu, objetivamente hablando.
Aquí no pretendemos reproducir la visión paradisíaca del inkario, o
exaltarlo con hipérbole a la manera de Garcilaso y los indigenistas.
Tampoco vamos a despotricar de él como hacen algunos liberales que
califican de tiránico el régimen incaico porque –dicen– se asentó sobre
la esclavitud de los pueblos a los que sometió. De esta premisa, coligen
que el indio en el inkario careció de libertad, por tanto de voluntad.
Bastarán unas palabras de Mariátegui para derribar esta tesis liberal:
“La libertad individual es un aspecto del complejo fenómeno liberal. Una
crítica realista puede definirla como la base jurídica de la civilización
capitalista. Una crítica idealista puede definirla como una adquisición
del espíritu humano en la edad moderna. En ningún caso, esta libertad
cabía en la vida incaica. El hombre del Tawantinsuyu no sentía
absolutamente ninguna necesidad de libertad individual. Así, como no
sentía, por ejemplo, ninguna necesidad de libertad de imprenta… los
indios podían ser felices sin conocerla, y aún sin concebirla; la vida y el
espíritu del indio no estaban atormentados por el afán de especulación y
de creación intelectuales. No estaban, tampoco, subordinados a la
necesidad de comerciar, de contratar, de traficar. ¿Para qué podría
servirle, por consiguiente, al indio esta libertad inventada por nuestra
civilización?”. (23)
   Otro equívoco, esta vez desde el lado marxista, es querer ver en la
comunidad incaica, cierta organización de tipo socialista, un “comunismo
agrario” según la jerga marxista. Esta tesis también ha sido ya
desestimada, pero no faltan quienes aún la reproducen. Veamos
objetivamente el fenómeno político del inkario, analicemos sus contradicciones
internas, enjuiciemos sus valores sin apasionamientos. Si
así procedemos, habremos de constatar que los inkas no crearon
cultura de la nada, la genialidad del Inka consistió en unificar
elementos culturales dispersos ya existentes en el territorio andino, en
una unidad político-social sin paralelo, aplicando el sabio precepto de
dejarse conquistar por el pueblo conquistado, así el ayllu devino en
imperio: El Tawantisuyu, síntesis política de un largo desarrollo evolutivo
de los pueblos andinos. He ahí la grandeza del inkario. Ciertamente                
este proceso fue truncado por la conquista, pero sus valores
perduran, tanto como el elemento humano. Grandeza reconocida por
sus propios destructores, como es el caso del soldado Mancio Sierra de
Leguisamo, compañero de armas de Pizarro, quien antes de morir
confesó su arrepentimiento: “…que entienda su majestad católica que
hallamos en estos reinos de tal manera que en todos ellos no había ni
un ladrón, ni hombre vicioso, ni holgazán, ni había mujer adúltera, ni
mala, ni se permitía entre ellos y ni gente mala, vivían en lo moral, y que
los hombres tenían sus ocupaciones honestas y provechosas. Y las
tierras y los montes y minas y pastos y caza y maderas y todo género de
aprovechamientos estaban gobernados y repartidos, de suerte de que
cada uno conocía y tenía su hacienda, sin que otro ninguno se la
ocupase ni tomase, ni sobre ello había pleito;… y que entienda su
majestad que el intento que me mueve a hacer esta relación, es por
descargo de mi conciencia y por hallarme culpable en ello…”. (24)
   Por todo esto, es preciso remarcar que la naturaleza histórica del
Perú lo constituye el Tawantinsuyu, por ende la República, como
fenómeno colonial, constituye su negación. Y el Estado-nación que
encarna dicha República es la expresión colonial por excelencia. Bajo
este esquema, las naciones originarias o se asimilan o quedan
excluidas. Lo paradójico es que estas naciones originarias (hoy clandestinas)
constituyen unidad (unidad en la diversidad), es decir hacen
NACIÓN (raza, territorio, lengua y cultura comunes) pero les falta
Estado, pues el Estado que los somete y/o excluye es propiedad de la
ficticia nación blanco-mestiza. El imperativo salta por sí mismo: Hay
que refundar el Estado colonial. Si así se hace ¿Será un Estado
unitario indio o un Estado plurinacional con autonomía de sus
(25) partes? Cualquiera sea la vía no debe olvidarse que previamente se
debe descolonizar el Estado, y para ello hay que tomar el poder.

Retorno a la célula

   ¿La peruanidad resolverá la antinomia indianidad-hispanidad ?
¿Qué es la peruanidad? Leamos la definición que hace Emilio Romero:
“Peruanidad se entiende como equilibrio armonioso, resultante de la
asimilación de la cultura incaica y española, cuya síntesis nos da la      
conciencia de lo que somos”. Vale decir, peruanidad se entiende por
mestizaje. El discurso oficial, la intelectualidad, los medios de comunicación,
en fin, el imaginario popular, asumen el mestizaje como un
hecho incuestionable. ¿Puede existir mestizaje entre dos razas, dos
culturas, dos espíritus, radicalmente disímiles? No. El Perú sigue –y
seguirá– siendo indio, aunque le pese a muchos. En la práctica se
pretende desindianizar el Perú bajo el discurso de la peruanidad, es
decir el Perú como síntesis armónica de diversos elementos étnicos y
culturales, una suerte de mixtura fraterna. Pero, esta pretendida
homogenización sólo encubre las diferencias. La peruanidad tal como
la entiende –y la impone– la casta dominante implica negar lo indígena
para alcanzar la modernidad; por este camino el discurso oficial
ensalza al máximo el aporte cultural europeo en desmedro de lo
indígena que es proscrito como objeto de museo, incluso por debajo del
elemento afro-asiático; según este esquema falsario, lo peruano, la
esencia de la peruanidad, comprende la asunción de rasgos simbólicos
que supuestamente nos identifica y nos une a todos: Celebrar la
independencia cada 28 de julio, cantar al son del cajón criollo la
música afroperuana, bailar marinera, los ritmos negros, tomar pisco
sour, comer ceviche, y –para matizar– zapatear un huayno metamorfoseado
en folklore de pacotilla que nada tiene que ver con el verdadero
arte andino; ser peruano es sentirse orgulloso de Machu Picchu, la
maravilla del mundo moderno, celebrar el centenario de su “descubrimiento”,
sin reparar en quienes lo construyeron, indios de carne y
hueso, cuyos descendientes han sido reducidos a simples objetos
decorativos para la foto de postal; en resumidas cuentas, la peruanidad
(vista desde esa perspectiva) reduce al indio y su cultura a mero
folklorismo. Esta mixtificación de lo peruano se opera según la
mentalidad impuesta por la casta dominante y es –lamentablemente–
interiorizada y reproducida por el imaginario social.
   Y es que la peruanidad si no está asentada en el indio, no existe, es
pura abstracción. Incluso un hombre de ideas marxistas como
Mariátegui ya lo había advertido: “El indio es el cimiento de nuestra
nacionalidad en formación”. El Perú es indio por sus cuatro costados,
el mestizo peruano aunque se niegue a sí mismo, se cambie pellejo y
apellido, seguirá siendo indio; en sus entrañas late el genes indio como
una espina clavada que lo escarnece, lo atormenta, lo enloquece, hasta    
arrojarlo al borde del precipicio, donde ha de definirse: o expulsa al
español o ahoga al indio que lleva dentro, no hay término medio. Es la
encrucijada del mestizo: ser o no ser. Si se decide por lo segundo, se
anula a sí mismo; he ahí su tragedia. Se largará a la Europa de sus
sueños para terminar humillado, maltratado como indio, entonces le
sobrevendrá la nostalgia del terruño (que no es sino el llamado de la
madre india en las vísceras), y por fin, azote en mano, gritará su
verdad: ¡Soy indio!... Sólo así se redimirá el mestizo, por el camino del
retorno al YO genésico, a la célula, y tirará por la borda el lastre
colonial, asumirá su identidad y rebelará al indio. Tal el caso del
egregio mestizo redimido en indio: el inka Garcilaso de la Vega. El
peruano promedio que se hace llamar mestizo (para la estadística
constituye mayoría) es un ser descentrado puesto que huye del indio
para agarrarse de la calceta hispana, busca mejorar la raza,
blanquearse. Lo que ignora es que pasarán una, dos, tres generaciones,
probablemente el nieto tenga apellido hispano, blanquecina
faz, hable inglés y sea todo un gentleman, mas, éste al indagar su
genealogía reivindicará su ancestro (por ley de retorno a la célula) y
cristalizará en neo-indio.
   A estas alturas, en América hasta lo hispano ya es indio (aquí por ley
antropofágica: el salvaje se come al civilizado). De España nos queda
apenas migajas, el útero fecundo de la tierra americana ha absorbido
al conquistador hispano. En la paradoja de Churata: el conquistador
terminó conquistado. Antropofagia cultural: América se tragó a
España. Veamos. El idioma de Cervantes en estas tierras ha transmutado
en “bárbara jerigonza” al influjo de las lenguas aborígenes, a la
larga será un híbrido apenas reconocible por la RAE de Madrid; la
religión católica ha sido digerida por el indio al punto de imponerle su
propia normativa; en quinientos años de catequización y “extirpación
de idolatrías” el fondo atávico del indio no ha mutado, sigue fiel a sus
dioses, a sus ritos, a su magia, en suma, a su poderosa religiosidad.
Para el indio, por poner un ejemplo, la aparente devoción a la virgen
María (caso Copacabana y Candelaria) es sólo la exteriorización formal
del culto fervoroso a la Mamata, la Pachamama, Madre Tierra; y esto
no es sincretismo religioso –como algunos insinúan–, es el imperio de
lo autóctono o antropofagia religiosa. Lo que sí nos ha quedado de
España es el espíritu de los Pizarro, Valverde, Sepúlveda, Areche,                
como residuo cancerígeno que corroe la mente del mestizo y del indio
convertido en cacique, enemigo de su propia raza.
   El proceso de cholificación (término acuñado por los sociólogos) o
invasión serrana de Lima (según el decir de muchos señoritos limeños)
es la muestra más fehaciente de la revitalización del indio, que nada le
debe a la Colonia, menos a la República. El Estado ha sido y es su
enemigo, todo lo que ha logrado ha sido labrado por sus propias
manos, al margen del Estado. Cuando se habla del cholo emergente,
emprendedor, exitoso, hay que preguntarse cómo tuvo que batallar
contra el Estado para lograr imponerse, desde que fue obligado a
emigrar para no morir de hambre hasta abrirse camino en la urbe en
base a su esfuerzo, siendo un ilegal, un informal, única manera de
progresar ante un Estado que no hace sino succionarle, desde
siempre, la sangre a punta de tributos que no retornan en su beneficio.
Prueba de su enorme vitalidad es cómo ha sabido adaptarse al nuevo
escenario, ha asimilado los beneficios del capitalismo, al que lo ha
incorporado a su idiosincrasia o desde ella ha partido a su encuentro,
por un proceso natural, puesto que el indio –especialmente el aymara–
desde tiempos preincaicos fue viajero, comerciante, llevaba sus
productos para intercambiarlos en las ferias (en aymara se llaman
“k'jatu”), siguió haciéndolo durante la Colonia, ahora en la República
con más ahínco y en mayor escala, siempre –o casi siempre– al margen
del Estado. Cuando Hernando de Soto popularizó su tesis del
“capitalismo popular” en los años ochenta, muchos creyeron que
había descubierto algo novedoso e insólito; para los izquierdistas que
están acostumbrados a ver al indio desarrapado, miserable, pidiendo
plata al Estado (lo que constituye la razón de ser de nuestras
izquierdas mestizas), fue una desconsoladora revelación. También se
equivocan los liberales (Vargas Llosa y sus epígonos) cuando afirman
que este fenómeno es la configuración de un horizonte individualista
propuesto por la modernidad capitalista, puesto que el indio le
imprime su lógica comunal a la dinámica capitalista, su instinto
colectivista se refleja en que casi siempre trabaja con sus paisanos, se
asocia con ellos, se prestan apoyo, abren nuevos mercados, siempre
con sentido comunitario, de la misma forma cuando celebran sus
festividades en la urbe, mantienen sus costumbres, y cuando retornan
al terruño por carnavales, acuden al llamado del ayllu ancestral. La          
fisonomía de este fenómeno nos revela que el ayllu desplazado a la
urbe deviene en economía de carácter comunal (véase el caso de los
aymaras del ayllu Unicachi en Lima). Este cholo, mestizo, migrante o
como le llamen, tan sólo es la prolongación del indio rural, ahora
desplazado a la ciudad, es el indio urbano o neo-indio, que seguirá
siendo indio, aunque adopte formas citadinas y olvide sus orígenes.
   Por estas consideraciones, se entiende que peruanidad equivale a
indianidad, siendo lo peruano indio por donde se lo vea; por tanto las
minorías y los elementos que acudan a posteriori deberán integrarse,
incorporarse, en fin, asimilarse a las mayorías que constituyen
nación, conforme a elemental criterio demográfico. Es que el indio
constituye unidad racial, idiomática y espiritual. El mestizaje peruano
deberá sedimentar con predominio de lo indígena sobre lo hispano, y
esto transitorio, pues a la larga lo hispano será erradicado. Ocurre lo
mismo con los pueblos de fuerte personalidad, que tienen EGO,
tienden, inevitablemente, a volver sobre su naturaleza embrional. Por
este camino, tornaremos al Tawantinsuyu. Si la misma España lo hizo
en siete siglos expulsando al invasor moro. En el sur, área del
Kollasuyu, ya se ha lanzado el pututazo de la nueva alborada, la
nación aymara ha emprendido marcha de retorno a su UNIDAD por
derecho de naturaleza. Este movimiento tendrá que engarzarse con el
pueblo quechua para reactivar el eje Titikaka-Qosqo (centro
hegemónico del nuevo Perú) que habrá de aliarse con las fuerzas de
avanzada de Bolivia y Ecuador.
   El Perú republicano es, pues, un ente extravertido que agoniza por
caquexia. Revolucionar al Perú implica indianizarlo, es decir, meterlo
dentro de sí mismo, conforme a su naturaleza histórica. Nunca como
ahora hácese imperativo efectuar una intervención enérgica para
enderezar el camino truncado. Esa es la tarea del indio, hoy devenido
en neo-indio. Recién haremos nación, ahora no, las minorías no
pueden hacer nación. “Por nuestra raza hablará el espíritu” decían los
revolucionarios zapatistas de 1910; el amauta Luis Valcárcel lo
reafirma: “Nació de vientre americano el hombre nuevo. Toda la
influencia maternal de la cultura inkaica vive en nosotros. Discurre
misteriosamente en nuestro espíritu como la sangre que irriga nuestro
cuerpo. Nos debemos a la Raza”. (27)

Wilmer Kutipa Luque

                                    NOTAS:

   (1)    Ensayo escrito en 1942 y publicado en: “La Promesa de la vida
peruana y otros ensayos” (Lima, 1958).
   (2)    A la fecha se tiene constancia de casi doscientos conflictos
sociales latentes, según datos del gobierno, la mayoría tiene como
trasfondo la lucha contra la minería (formal e informal) por la defensa
de las tierras de cultivo, el agua y el respeto por la vida en todas sus
formas. El Estado neoliberal se ha orientado a garantizar al capital
transnacional la explotación de ingentes recursos naturales en contra
de los intereses del pueblo, específicamente de las comunidades
indígenas, en nombre del progreso y la modernidad; esta política
económica se implantó con el régimen dictatorial de Fujimori, ha sido
continuada por Toledo, García y –ahora– por Ollanta Humala.

   (3)    Antauro Humala en su libro “Etnonacionalismo, izquierda y
globalidad” (Lima, 2005), hace una curiosa observación: Cuando los
esclavos haitianos (entonces Haití era colonia francesa) se sublevan en
1793, inspirados por los ideales de la reciente revolución francesa, son
brutalmente reprimidos por el ejército revolucionario francés. La
libertad, pues, tiene color.

    (4)   Manuel González Prada en “Horas de Lucha” (Lima, 1908). En
esa época la población del Perú ascendía a cuatro millones. También
son famosas sus frases: “En el Perú existen dos grandes mentiras: la
República y el cristianismo” y “Ciudadano quiere decir hombre libre; y
aquí vegeta rebaño de siervos”.

    (5)    Aníbal Quijano en “Colonialidad del poder y clasificación
social” (Lima, 2000). De Quijano es, también, esta oportuna frase: “La
raza es el instrumento más eficaz de dominación social inventado en
los últimos quinientos años” (En “Qué tal raza”, CECOSAM. Lima,
1999)

   (6) En el siglo XVI, el “humanista” Juan Ginés de Sepúlveda sus                  
tentó que el indio no tenía alma, por tanto, hacerle guerra y exterminarlo
era justo y necesario. Leámosle:

           “Con perfecto derecho los españoles imperan sobre estos
bárbaros del Nuevo Mundo e islas adyacentes, los cuales en prudencia,
ingenio, virtud y humanidad son tan inferiores a los españoles como
niños a los adultos y las mujeres a los varones, habiendo entre ellos
tanta diferencia como la que va de gentes fieras y crueles a gentes
clementísimas. ¿Qué cosa pudo suceder a estos bárbaros más conveniente
ni más saludable que el quedar sometidos al imperio de aquellos
cuya prudencia, virtud y religión los han de convertir de bárbaros, tales
que apenas merecían el nombre de seres humanos, en hombres
civilizados en cuanto pueden serlo?.

           Por muchas causas, pues y muy graves, están obligados estos
bárbaros a recibir el imperio de los españoles [...] y a ellos ha de serles
todavía más provechoso que a los españoles [...] y si rehúsan nuestro
imperio (imperium) podrán ser compelidos por las armas a aceptarle, y
será esta guerra, como antes hemos declarado con autoridad de
grandes filósofos y teólogos, justa por ley natural. La primera razón de
la justicia de esta guerra de conquista es que siendo por naturaleza
bárbaros, incultos e inhumanos, se niegan a admitir el imperio de los
que son más prudentes, poderosos y perfectos que ellos; imperio que les
traería grandísimas utilidades, magnas comodidades, siendo además
cosa justa por derecho natural que la materia obedezca a la forma.”
(Juan Ginés de Sepúlveda: “De la justa causa de la guerra contra los
indios”. Citado por Enrique Dussel en “1492. El descubrimiento del
otro”, Madrid, 1993)

   (7) Alberto Flores Galindo en “Buscando un inca. Identidad y
utopía en los andes”. (Editorial Horizonte. Lima, 1988). Muchas citas
sobre el racismo en la República han sido extraídas de este libro.

   (8) Virgilio Roel en “Historia económica y social del Perú en el siglo
XIX” (Lima, 1986). Se ha tomado este importante libro como referencia
para repasar los episodios del Perú republicano durante el siglo XIX.
   
   (9) Fernando de Trazegnies en: “La idea de derecho en el Perú re-          
publicano del siglo XIX” (Lima, 1980). Citado por Flores Galindo.
                         
   (10) Nelson Manrique en “Mercado interno y región. La sierra
central 1820-1930” (Lima, 1987).

   (11) Palabras de Santiago Távara. Citado por Flores Galindo en
“Buscando un inca…”.

   (12) Cita hecha por Jorge Basadre en “La promesa de la vida
peruana y otros ensayos” (Lima, 1958)

   (13) Fernando de Trazegnies. Obra citada.

   (14) Sebastián Lorente en “Pensamientos sobre el Perú republicano
del siglo XIX” (Lima, 1855, reeditado en 1980 por la PUCP).
Citado por flores Galindo.

   (15) Citado por Wilfredo Kapsoli en: “Movimientos campesinos en
el Perú: 1879-1896” (Lima, 1977). Este autor ha indagado a profundidad
el tema de los levantamientos indígenas con mucha autoridad.
Muy recomendables sus trabajos al respecto.

   (16) Ricardo Palma en: “Cartas a Piérola” (Lima. Editorial Milla
Batres, 1979). También citado por Antauro Humala en su libro ya
referido.

   (17) Clemente Palma en: “El porvenir de las razas en el Perú”
(Lima, 1897).

   (18) Citado por Flores Galindo en obra mencionada.

   (19) Alejandro Deustua en: “La cultura nacional” (Lima, 1937).

   (20) Citado por Wilfredo Kapsoli en: “Ayllus del sol. Anarquismo y
utopía andina” (Lima, 1984).
                                                                                                                                   
(21) En la actualidad esta pretensión se hace patente en el
discurso de los partidos políticos, todos al unísono proclaman la
“inclusión social”, que quiere decir incorporar al indio a la nacionalidad,
a la modernidad.

    (22) Lo ocurrido en Bagua el 2009 es significativo a este respecto.
Bajo la tesis del “Perro del hortelano”, Alan García procedió a
concesionar la selva al mejor postor, sin consultar a las comunidades,
esto provocó el “Baguazo” donde murieron baleados muchos indios
amazónicos y también policías producto de la ira popular. Desde Lima,
cierta prensa vendida al capital transnacional pedía al gobierno que
utilizara napalm para aplastar el levantamiento, en tanto García con
menosprecio llamó a los nativos “ciudadanos de segunda categoría”.

    (23) José Carlos Mariátegui en: “7 ensayos de interpretación de la
realidad peruana” (Lima, 1928).

    (24) Citado por Máximo Grillo Annunziata en: “La ciencia y
tecnología incaica” (Lima, 1994).

    (25) En Bolivia, como es sabido, se ha establecido un estado
plurinacional instituido en la carta magna, y esto constituye un
avance para los pueblos indígenas, no obstante hay que fijarse en
quiénes son los que “reconocen” esta diversidad y fijan los límites de la
misma, y ahí volvemos al asunto del poder: ¿Quiénes realmente
gobiernan en la Bolivia actual? Si el indígena ha asumido el poder en
Bolivia (como se supone) ¿por qué tiene que ser “reconocido” por otro,
es decir, por el no-indígena? De ello se puede deducir que no ha habido
un real proceso de descolonización, es decir toma del poder por el
indio. Leamos la crítica de un miembro del MINKA sobre este asunto:
“El reconocimiento que se hace sobre los “indígena originariocampesinos”
parte de una relación de poder entre los “indígenas” y los
“no-indígenas” y esto es aceptado por los colonizados; unos y otros, en
sus pretensiones descolonizadoras, se hacen cómplices de la reproducción
del orden colonial. “Reconozco lo que eres en tanto no alteres lo
que soy”. El reconocimiento implica un límite que es dado por el que        
reconoce, este límite marca la diferencia entre quiénes deciden y
quiénes no. Esta diferencia lleva el sello de la colonización y, por lo
tanto, el reconocimiento como ejercicio de poder es la viva expresión de
la actualidad de las relaciones de dominación colonial en el Estado
Plurinacional.” (Carlos Macusaya en: “El reconocimiento de lo
plurinacional dentro de los límites de la dominación colonial”, publicado
en el periódico PUKARA, edición agosto 2011). La experiencia
boliviana debe servirnos como referente para no repetir errores.

    (26) El Perú, desde el punto de vista demográfico y cultural, está
integrado por la concurrencia de dos elementos étnicos: el indio y el
hispano. El aporte cultural del negro, chino y demás elementos
minoritarios es ínfimo. Hay un afán limeño de vincular lo peruano con
lo negro, incluso hablan de un “Perú negro”. Esta actitud es
plenamente entendible, puesto que el negro como fenómeno colonial
llega en calidad de esclavo y termina colgado a las faldas de su amo
blanco, con quien se vincula en su desprecio por el indio. En cambio, el
chino se ha asimilado con mayor facilidad al indio, es decir, a la
nacionalidad.

    (27) Luis E. Valcárcel en “Tempestad en los Andes” (Cusco, 1927)

    NOTA FINAL:

    La Indianidad antes que cuerpo ideológico o doctrinario es un
sentimiento de autoctonía en que la tierra, en el sentido de patria, es
indesligable del que la habita: el indio. Esa patria es el Tawantinsuyu.
Además, hay que tener en cuenta que el concepto INDIO constituye
una categoría política que unifica (en la diversidad) a todos los pueblos
originarios de América en un solo movimiento. Aquí cabe la frase: “Si
como indios nos han oprimido, como indios hemos de liberarnos”.

Edición financiada por:
Movimiento Tawaintisuyano Pachakuti

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